Radio María México- Voz de Esperanza

¿A dónde vas Señor?

El Domingo de Ramos es la única ocasión durante todo el año en la que se escucha por entero el relato evangélico de la pasión.  El dato, que llama más la atención leyendo la Pasión según Marcos (el Evangelio de este año litúrgico), es la importancia dada a la traición de Pedro.  Ésta ya había sido anunciada antes por Jesús en la última cena (“Yo te aseguro: esta misma noche, antes que el gallo cante, me habrás negado tres veces”: Mateo 26, 34), y, después, importancia dada a la traición de Pedro.  Ésta ya había sido descrita en todo su humillante desarrollo: “No sé ni entiendo qué dices” (Marcos 14, 68); (Mateo 26, 70).  “¡Yo no conozco a ese hombre de quien habláis!” (Marcos 14, 71; Mateo 26, 72).

Para entender hasta el fondo la historia de la negación de Pedro es necesario leerla en paralelo con la de la traición de Judas. También, ésta fue preanunciada antes por Cristo en el cenáculo y, después, consumada en el huerto de los olivos.  De Pedro, se lee que Jesús pasando “lo miró” (Lucas 22, 61); con Judas hizo más aún: le besó (Lucas 22, 47-48). Pero, el éxito fue bien distinto.  Pedro, “saliendo fuera, lloró amargamente” (Mateo 26, 75); Judas, saliendo fuera, “fue y se ahorcó” (Mateo 27, 5).

No es necesario hacer un esfuerzo para darse cuenta que estas dos historias no están cerradas o concluidas; continúan, nos afectan de cerca. ¡Cuántas veces nosotros debemos decir también que hemos actuado como Pedro! Nos hemos encontrado en la situación de tener que dar testimonio de nuestras convicciones cristianas y hemos preferido mimetizarnos con los demás para no correr peligros, para no exponernos a nada.  Hemos dicho con hechos y con nuestro silencio: “¡Yo no conozco a ese hombre!”, esto es, a Jesús.

Posiblemente, no haya modo más seguro de penetrar en el fondo de la Pasión que éste: verla como la suprema manifestación de la misericordia de Dios  Hacer Pascua significa, pues, hacer una experiencia personal de la misericordia de Dios de Cristo.  Recuerdo que, una vez, meditando sobre la Pasión, casi sin saberlo, se me formó en la mente un pensamiento con una gran claridad: “¡Los que crucificaron a Cristo se han salvado!” Me puse a recapacitar sobre qué pudiese significar un pensamiento tan extraño y llegué a la conclusión de que ello era verdad.  Los que crucificaron a Cristo se han salvado, porque Jesús ha orado por ellos.  Precisamente, él dijo mientras le clavaban en la cruz: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”.

Nosotros podemos en esta Pascua “colgarnos al cuello de Jesús”. Conocemos el antiguo “precepto” de la Iglesia: “Confesarse al menos una vez al año y comulgar en tiempo de Pascua.  No es tanto una obligación sino un regalo, un ofrecimiento.  Muchas personas, que no se confesaban desde hacía años y algunos incluso durante toda la vida, después de la confesión, levantándose, han dicho que había sido la experiencia más bella de su vida:   Había caído de su corazón algo como una gran losa por eso digamos, asimismo nosotros como aquel día dijo el apóstol Tomás: “Vayamos también nosotros a morir con él” (Juan 11, 16). A morir al pecado para resucitar a una vida nueva en la Pascua.

 

Pbro. Jorge Antonio Luna Casillas
Domingo de Ramos 
24 de marzo de 2024

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